Cada junio, Calatayud viaja en el tiempo. La ciudad retrocede hasta el año 1120, cuando Alfonso I el Batallador logró su conquista, y con ella uno de los momentos más decisivos de la historia aragonesa.
Por aquel entonces, la ciudad se llamaba Qal’at Ayyūb y estaba en manos de los almorávides, un poderoso imperio bereber norteafricano que controlaba buena parte de al-Ándalus. En sus calles convivían musulmanes, cristianos y judíos: tres culturas que dejaron una huella que todavía hoy se puede sentir.
Un enclave clave en el tablero medieval
Zaragoza había capitulado el 18 de diciembre de 1118 y se había convertido en la nueva capital del Reino de Aragón. Pero el flanco suroeste quedaba expuesto y vulnerable. Calatayud era la pieza que faltaba: un punto estratégico imprescindible tanto para proteger la capital como para controlar el acceso hacia el interior de la península y la costa valenciana.
El asedio y la batalla de Cutanda
En la primavera de 1120, Alfonso I cerca Calatayud. Ante un formidable sistema defensivo islámico, el rey opta por la paciencia y el desgaste: levanta fortificaciones, corta el suministro de agua y bombardea las murallas con almajaneques —las catapultas de la época—.
La respuesta almorávide no tardó en llegar. El emir Alí Ibn Yusuf movilizó un gran ejército bajo el mando de su hermano Ibrahim Ibn Yusuf con un objetivo claro: levantar el cerco de Calatayud y derrotar definitivamente al rey aragonés.
Alfonso I, bien informado, dividió sus fuerzas: dejó parte del contingente manteniendo el asedio y marchó con el grueso de sus tropas al encuentro del enemigo. El choque se produjo el 17 de junio de 1120 en Cutanda, a unos 50 kilómetros al sureste de Calatayud. La victoria cristiana fue aplastante. Apenas una semana después, el 24 de junio, los almorávides capitulaban y entregaban Calatayud, Daroca y los valles del Jalón y el Jiloca.
Once años más tarde, en 1131, el rey concedió a la ciudad sus Fueros: un conjunto de privilegios y normas que impulsaron el asentamiento de población en esta tierra de frontera.
Las Alfonsadas: cuando la historia cobra vida
Desde 2006, cada mes de junio Calatayud revive aquellos días bajo el nombre de Las Alfonsadas. Este año, del 18 al 21 de junio, el casco histórico se transforma en el epicentro de la fiesta: jaimas, mercado medieval y representaciones históricas llenan de color, olores y sonidos sus calles y plazas.
Los números hablan por sí solos. Alrededor de 1.100 personas participan con indumentaria medieval, repartidas en más de 30 jaimas que representan a las tres comunidades: cristiana, musulmana y judía. Unos 50 actores no profesionales dan vida a las representaciones, acompañados de figurantes, y cerca de 120 recreacionistas llegados de distintos puntos de España montan un campamento que aporta vistosidad y rigor histórico al conjunto.
El éxito de la fiesta ha sido creciente edición tras edición, hasta lograr la distinción de Fiesta de Interés Turístico de Aragón y la pertenencia a la Asociación Española de Fiestas y Recreaciones Históricas.
Como hizo Alfonso I el Batallador con sus conquistas, Las Alfonsadas han ido ganando corazones año tras año. Una cita que ya no es solo de los bilbilitanos, sino de todos los que buscan vivir la historia desde dentro.



